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¿Para qué sirven las ciencias sociales? – Revista Atando Cabos

La importancia de las Ciencias Sociales

No sería ilógico encontrar una serie de argumentos en contra de la necesidad financiar la ciencia y la tecnología tras un recorte de su presupuesto y una caída en la cantidad de ingresantes a la carrera del investigador de CONICET (sin dejar de lado  los otros institutos científicos y la distribución arbitraria del presupuesto a las Universidades). En un contexto donde la racionalidad económica-empresarial invade todas las esferas de la vida, la pregunta por la productividad de un sistema científico-tecnológico pareciera imponerse. En la medida que es el propio Estado-nacional con el aporte de sus ciudadanos el que financia el sistema científico, es evidente la necesidad de que éste retorne a la sociedad alguna contribución. Anticipándose a esto han aparecido notas de opinión reforzando las razones para invertir en ciencia y tecnología, demostrando estadísticamente la correlación entre esta inversión y el desarrollo de un país medidos en términos económicos (https://www.pagina12.com.ar/diario/universidad/10-313403-2016-11-04.html). Lejos de ser un lujo de países desarrollados y que países con pobreza no se podrían dar, la inversión en ciencia y tecnología es uno –entre muchos– de los factores de desarrollo.

Un científico de las ciencias exactas y naturales, de las ciencias agrarias o de la Ingeniería,  incluso de las ciencias biológicas y de salud, no encontrará mayor problema en justificar su carácter productivo. La innovación en tecnología para siembra, el descubrimiento de nuevas vacunas, y un largo etcétera, parecen relacionarse, inmediatamente, con el desarrollo de un país. A tal punto es evidente la productividad de éstas áreas es que el sistema científico nacional compite con grandes empresas y laboratorios privados como lugar de trabajo. Un químico tiene opciones laborales tanto como investigador público o privado. Si para estas áreas su productividad está fuera duda, otra cosa parece suceder con las ciencias humanas, sociales y jurídicas. Éstas parecerían ser un exceso para un Estado eficiente ya que su rentabilidad económica es infinitamente más baja que las de las otras áreas. Difícilmente algún descubrimiento en estas ramas le permita al Estado recuperar lo que ha invertido. Con esto dicho, la correlación entre inversión científica y desarrollo parecería poder prescindir de las ciencias humanas, sociales y jurídicas. En lo que sigue argumentaremos en favor de la productividad de éstas.

A ningún ciudadano del mundo le debería resultar secundario el modo en el cual su vida en común se organiza.  Como ejemplo de esto casi todos los ciudadanos de una democracia, conocen, o cuanto menos ejercitan, su libertad civil y política; con cierta regularidad y con una forma específica eligen a sus representantes, etc. Para no abundar en más ejemplos, toda vida genuinamente democrática necesita de un marco común para desarrollarse. Este marco común no es otro que el objeto de pensamiento de las llamadas ciencias humanas, sociales y jurídicas. Claro que en un sistema científico profesionalizado y diversificado no encontraremos un pequeño número de grandes cabezas que atraviesen la totalidad del marco común sino un gran número de investigadores y especialistas en temas precisos. Toda acción en contra de la delincuencia, el narcotráfico y la pobreza –temas absolutamente en boga– cometería un error gigantesco si desconociera los aportes de las ciencias respecto a estos puntos. Para dar un ejemplo, tras la dictadura, la lucha por los derechos humanos se ha complementado con los aportes de cientistas sociales. El nombre de la politóloga Pilar Calveiro, entre otros, es una constante en los fallos de los crímenes de lesa humanidad. Aparece, para ser más concretos, en los fundamentos del fallo que condeno a 23 acusados por el “Circuito Camps” (2013) o la perpetua a los 15 acusados por el  caso del centro clandestino de detención “La Cacha” (2014).Si nuestro objetivo no es solamente la vida, sino la vida buena, no podemos desconocer la productividad de las ciencias humanas, sociales y jurídicas. Ellas, junto a los actores políticos de su tiempo, han sido las que brindan los cimientos de la vida democrática, que piensan, repiensan y critican los modos en que esta funciona, y apuntan a cómo mejorarla.

Con esta segunda lectura parecerían ingresar las ciencias humanas, sociales y jurídicas en la correlación entre inversión científica y desarrollo. Esta segunda lectura no debería ocultarnos una diferencia. El concepto de desarrollo de una y otra medición parecería no ser el mismo. Es que si en un primer momento el criterio del desarrollo refería a la productividad económica, resulta claro que la vida en democracia no se reduce a estos términos. ¿De qué modo podría resultar económicamente productiva una investigación en torno a la Revolución de Mayo?  El hecho de que no lo sea, ¿impugna la importancia que para un país tiene conocer su historia? Lo mismo podríamos preguntarnos respecto de los modos de dominación del género femenino, de los sujetos marginales, de las condiciones del ejercicio de la libertad la igualdad, etc. La necesidad de repensar estos problemas de manera constante es innegable al mismo tiempo que es imposible reducirlo al valor económico.

Sin embargo el concepto de productividad tiende a oscurecer. Es que en términos económicos la productividad es transparente y numéricamente medible. En la relación entre inversión y ganancia se cifra la productividad económica. El caso de las ciencias humanas, sociales y jurídicas parece ser diferente. Volviendo a ejemplos anteriores, no es una cuestión evidente la superioridad de dos métodos históricos diferentes de analizar el fenómeno de la Revolución de Mayo, uno centrado en el modo de proceder de las elites políticas y otro en el de los movimientos sociales. Los diversos aspectos de la vida en común son su objeto de estudio, pero esos aspectos no resultan evidentes y transparentes por sí mismos. La productividad de estas ciencias no puede medirse términos económicos. En tal caso, las ciencias humanas, sociales y jurídicas no se prestan a, e incluso nos advierten de, una policía de la producción. (Lo que no quita que en el moderno sistema científico la producción de estas se cuantifique en términos de artículos presentados)

Si una vida en democracia es más desarrollada que una en dictadura, si una vida en una sociedad igualitaria es más desarrollada que en una con grandes índices de desigualdad, el criterio del desarrollo escapa a lo meramente económico (a tal punto escapa a tal criterio de productividad que históricamente dictadura y productividad económica no se han opuesto). Si la productividad económica sola no garantiza una vida democrática, una vida en común, la pregunta por cuán productiva es la productividad se impone. Es aquí donde la llamada productividad de las ciencias humanas, sociales y jurídicas aparece. No implica esto una renuncia a la productividad económica –toda vida en el capitalismo la necesita– sino su subordinación a la productividad de lo común.

¿Para qué sirven las ciencias sociales? – Revista Atando Cabos

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